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Opinión

Ser joven no te hace inmune a nada: Coronavirus en primera persona

Estar entre la vida y la muerte es una opción que difícilmente una persona joven con una vida que podría considerarse, aunque muy activa, normal puede evaluar. Sentir que te cuesta dejar la cama, que se te cierran los pulmones, que el corazón pareciera que saldrá volando, son sensaciones impensadas. Eso es el Coronavirus. Algo que aparece se convierte en miedo y te vuela la cabeza hasta llevarte a los límites menos esperados.  Esto ya es un capítulo de mi vida que nunca imaginé contar.  

 

Desde que tengo uso de razón mis viejos me inculcaron el deporte y la vida saludable como la mejor inversión mirando hacia adelante. A lo largo de mis 29 años hice de todo: natación, gimnasia rítmica, deportiva, fui al gimnasio, pilates, volley, running y hasta poledance.

 

“De hecho, me caracterizo por ser muy activa e inquieta, pero el 10 de enero todo eso cambió y mis días a todo ritmo, quedaron atrás” 

 

Recuerdo que era una mañana soleada en Rosario, el clima estaba pesado, la humedad era casi del 100% cuando sentí una fuerte presión en el pecho que a las pocas horas comenzó a estar acompañada por tos corta, seca, muy seguida y con un dolor de espalda difícil de describir.  En ese momento entré en alerta y, como nunca antes me sucedió, comencé a barajar la posibilidad de tener coronavirus. 

Los días transcurrían y los síntomas crecían. Apareció la fiebre alta, las constantes cefaleas, la pérdida de gusto, olfato y voz, la tos seca y la opresión constante y permanente de pecho y espalda.  Son todos dolores nuevos, raros, diferentes, nada tiene que ver con la cefalea o el dolor de espalda al cual estamos acostumbrados, es muy diferente a una gripe. Ducharse era agotador, casi como correr una media maratón, y darme vuelta en la cama -sin que no me duela nada- toda una odisea. El letargo era total, cada centímetro de mi cuerpo me pedía dormir y descansar, pero por si quedaban dudas, el hisopado lo confirmaba: DETECTABLE SARS COV-2.

 

Tuve la suerte de trascurrir todo el aislamiento en mi casa – sola y tranquila- con momentos buenos y otros que eran un infierno, hasta recibir el alta epidemiológica, que entendí gracias a los médicos que no es lo mismo que el alta clínica. Acá, la pesadilla continúa: un aprendizaje largo y fuerte.

 

“El hisopado lo confirmaba: DETECTABLE SARS COV-2” 

 

Con el alta en mano, creí que volvía a mi vida habitual, a la que estaba acostumbrada a llevar adelante y hacer miles de actividades por día. Pero no fue así, y el cachetazo de la realidad fue durísimo.  

A la semana empecé a sentir que mi corazón se aceleraba mucho, las pulsaciones se disparaban de la nada, y las arritmias más que frecuentes. Comencé a tener falta de aire y poca saturación. Es desesperante intentar respirar y sentir que los pulmones nunca se llenan. Pasé noches en la guardia, mañanas de análisis y tardes de estudios en el neumólogo y en el cardiólogo. Estaba atravesando el síndrome post COVID, del cual a más de un mes de haber estado enferma, no logro recuperarme.  

 

Mis pulmones y músculos respiratorios quedaron muy inflamados, a tal punto que estuve 10 días en reposo total y absoluto, mi capacidad respiratoria se encuentra reducida, tuve mucha pérdida de peso y masa muscular y una fatiga demoledora que sólo se soluciona durmiendo entre 12 y 14 horas por día, algo impensado para mí.

 

“Estaba atravesando el síndrome post COVID, del cual a más de un mes de haber estado enferma, no logro recuperarme”

 

Por ahora, quedaron lejos los días en los que amanecía 4.45 para ir a la radio y le daba de corrido sin parar y sin dormir siesta, hasta las 23. Hoy me cuesta recuperar esa energía inagotable que te da como plus el ser joven. El coronavirus no entiende de género, edad, clase social o nacionalidad.

El único aprendizaje que me queda de esta experiencia es saber escuchar a mi cuerpo. Entendí que no siempre puedo exigirle un poco más porque todo tiene un límite, aprendí a respetarlo y cuidarlo porque es el único que tengo y queda muchísimo camino por conocer, andar y recorrer. El coronavirus está entre nosotros y no distingue edades, ser joven es una ventaja, pero subestimarlo es un error imperdonable.

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